jueves, 15 de octubre de 2015

El gran reto de la educación

No hay nada más hermoso que un niño, el reflejo de lo mejor del ser humano, una fuente de ternura, de ilusión y de inocencia. Admiro el valor de los padres y los maestros vocacionados, aquellos que eligen entregar su vida para dar vida, que aceptan el gran reto de la educación. Ambos compartimos nuestro mayor tesoro y somos los principales responsables de su desarrollo personal. ¿No es grandioso?

Decía con mucho acierto Paulo Freire que "La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor". No podría estar más de acuerdo. Educar es modelar el corazón y la mente de una persona mediante la entrega de lo mejor de uno mismo. Es ponerse a disposición del otro para ofrecerle de manera ejemplar lo que otros sembraron en ti. +
Educar va mucho más allá de transmitir conocimientos. A eso se lo denomina "enseñar". Pero "enseñar" sólo involucra al que enseña. Es necesario un "aprender", que sea el niño el que vaya descubriendo las experiencias que lo ayuden a ir dando respuesta a sus necesidades más humanas. Y si atendemos a estas necesidades, podemos establecer un orden de prioridades en el proceso educativo: aprender a amarse a sí mismo y a los demás, a gestionar las emociones, a disfrutar y ser feliz, a preocuparse por las personas y el mundo que lo rodea. Sin esto, no hay humanidad. Es la base del proceso. La cultura y los conocimientos se darán por añadidura.

Las circunstancias sociales, sin embargo, han ido desvirtuando este proceso con el paso del tiempo. La cultura del capitalismo, del individualismo y del materialismo ha apartado al niño del centro para situarlo en una posición preocupante. 

Por una parte, lo ha reducido a un mero receptor y reproductor de ideas y conocimientos, encajonándolo en un proceso de aprendizaje estandarizado, en el que apenas se tienen en cuenta sus necesidades espirituales y culturales ni sus circunstancias personales y emocionales. La escuela se ha convertido en una herramienta para clasificar a los niños y orientarlos hacia el mercado laboral, hacia donde mejor puedan explotar sus cualidades al servicio de los intereses socioeconómicos del sistema, en lugar de ayudarlo a encontrar el lugar donde poder aportar lo mejor de sí a los demás.
Por otra parte, la continua precarización del empleo, con largas jornadas, horarios flexibles y salarios bajos para buena parte de los trabajadores ha obligado a muchas familias a desatender la educación de sus hijos, reduciendo el tiempo de juego, de aprendizaje y de diálogo y dejando a los jóvenes a merced de la peligrosa televisión, de la publicidad y de los videojuegos.

En este marco nos encontramos ante un reto aún mayor para los educadores, que han de responder a las necesidades más profundas de los niños mientras se enfrentan a las circunstancias sociales y del propio sistema educativo. Pararse y dedicar tiempo a cada niño, escuchar y dialogar con ellos, favorecer la autonomía y el pensamiento crítico y trabajar en valores de humildad, respeto y justicia son herramientas clave para construir la base de una sociedad más humana.

Deseo animar a todos los educadores a seguir entregándose a los niños, a mantener la esperanza en que un mundo mejor es posible. Como decía Eduardo Galeano, "al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos".